La ley de la sangre

 

I. Kiartan, el invencible

En Leugar, en el valle de Seiling, Islandia, vivía una mujer llamada Gudrun. Era hija de Osvifur, y su esposo, Boddli, era un hombre famoso por su lealtad y su fuerza. Un día, ella se levantó antes de salir el sol y fue a la habitación en la que dormían sus hermanos; toco en el hombro al mayor, Ospakur, y lo despertó, y despertó igualmente a los otros cuatro. Ospakur miró a su hermana y le preguntó:
-Qué quieres, Gudrun, y por qué estás levantada a estas horas? Ella respondió: -Quiero saber lo que tienes pensado hacer durante la jornada que se acerca. -Nada que valga la pena -contestó él-, tan sólo permanecer tranquilamente en esta casa. E hizo como si volviera a acostar, pero ella lo retuvo y prosiguió con voz áspera: -Si tú y tus hermanos fuérais unos simples hijos de campesinos, me conformaría con veros tranquilos y ociosos, pues poco importaría que vuestras acciones saliese el bien o el mal.
Escúchame, Ospacur: sé que esta mañana pasará, no lejos de aquí, un hombre a caballo escoltado por dos compañeros. Ese hombre es Kiartan. No lo conoces? No es él acaso el que, no ha mucho, me hablo de amor, me llamó su prometida y, bien pronto, me olvidó por una muchacha de Noruega? Y no es cierto también que una injuria así aguarda todavía todavía su castigo? Me sonrojo de vergüenza al pensarlo. Los hombres de su clase tenéis la memoria de los cerdos, y no creeré que tengáis jamas el valor de enfrentaros a Kiartan, el ofensor de vuestra familia, si no osáis salir hoy a su encuentro, cuando viaja prácticamente solo. Sin duda preferéis, con lo numerosos que sois, permanecer aquí, con la espalda a la lumbre y dándole sólo a la lengua.
-Tienes razón, hermana -respondió Ospakur-, el momento está bien escogido. Pero tú tratas a tus hermanos sin moderación y gritas como si fueran sordos. Diciendo esto, saltó de la cama y se vistió. Sus hermanos le imitaron, uno tras otro. Descolgaron sus espadas, cogieron sus cascos y sus blusas de malla de acero, y se armaron en silencio.

Entretanto, Gudrun volvió a su habitación, donde Boddli y su marido, todavía dormía. También lo despertó. -Boddli, oyes el ruido de los escudos y de las lanzas que preparan mis hermanos? Son guerreros valerosos y que no vacilan ante el deber. Se nos presenta una ocasión única para atacar Kiartan, nuestro enemigo. Tendré que hablar mucho para convencerte de que les sigas? Mientras ella hablaba, Bobbli sentía que una gran tristeza le invadía el corazón. Sacudió lentamente la cabeza y dijo:
-Cómo puedo unirme a los que buscan la muerte de Kiartan? Tú sabes tan bien como yo que nos unió una amistad fraterna. Olaf Paa, su padre, me crió como si hubiese sido hijo suyo; desde la infancia, nos ligamos por sagrados juramentos y, para hacerlos inviolables, mezclamos la sangre de nuestras venas juntando nuestras muñecas heridas por el mismo cuchillo:
-Guardas fielmente los recuerdos, Boddli -dijo Gudrun con ironía-, pero no olvidaste esos juramentos de amistad eterna el día que te pareció bien hacer presente a la prometida de Kiartan que había sido abandonada, el día que le suplicaste que se convirtiera en tu esposa. Vamos, levántate! Los grandes hechos no pueden consumarse a gusto de todos. Te lo juro, nuestra vida en común se ha terminado si tu partido no es también el mío. Boddli bajaba la vista y no respondía. Entonces ella dijo amargamente:
-Maldito sea el instante en que presté oídos a tus promesas! Ahora tengo doble motivo para odiar a Refna, la mujer de Kiartan: ella tiene por esposo aquel que me estaba destinado, y ese esposo merece ser amado. Por lo que a mí respecta, mi suerte es la de vivir al lado de un hombre indigno, incluso, de que le miren a la cara. Al oír estas palabras, Boddli se levantó sin decir nada; se vistió, se abrochó la cota, se ciñó la espada y se reunió con sus cuñados, congregados en el patio con algunos hombres más.

Eran nueve en total: los cinco hermanos de Gudrun, Ospakur, Helge, Vandrandur y Thorolfur; el sexto era Boddli; el séptimo, un adolescente muy vigoroso, Gudleugur; y también estaban los dos hijos de Thorhalla el hablador, Oddur y Sten. Montaron a caballo y galoparon hasta el valle de Svina, donde se detuvieron en un lugar llamado Hafragil, que está a la salida de este valle. Sujetaron los caballos detrás de un matorral y, sentándose entre las peñas, en una especie de hendidura que dominaba el camino, esperaron. Boddli se tendió cerca del borde; estaba taciturno y, taciturno y, a pesar de las demostraciones de interés de sus compañeros, no despegaba los labios. Kiartan había partido al romper el día de su casa de Tunga, con una docerna de caballeros. Cuando hubo atravesado el desfiladero de Miosundi, allí donde el valle empieza a ensancharse, despidió a sus acompañantes, pero éstos hicieron como si no le oyeran, pues tenían motivos para temer una emboscada, y lo acompañaron hasta el extremo del valle.

Tan pronto como hubieron dejado atrás los pastos que se extienden hacia el norte, Kiran ordenó nuevamente a sus hombres que le dejasen. -No os obstinéis -dijo riendo-, algunos se burlarían de mi si diera la impresión de que temo los malos encuentros en este camino. Los jinetes detuvieron sus cavalgaduras y uno de ellos respondió: -Haremos tu voluntad, Kiartan; pero no nos perdonaremos nunca el haberte obedecido, si nos enteramos más tarde de que tuviste necesidad de nuestra ayuda cuando ya no estábamos aquí. Kiartan replicó: No ignoro cuáles son los adversarios que teméis para mí. Hay un hombre, por lo menos, os lo aseguro, que no estará entre aquellos que quieran causarme daño: es Boddli, mi amigo, mi hermano. Por lo que se refiere a los hijos de Osvifur, ya pueden emboscarme todos a mi paso: no quiero juzgar si serían ellos o yo quien iría a contar el resultado de la disputa. Entonces, espoleó su caballo, y no conservó consigo más que a dos servidores. Aun el negro y otro hombre llamado Thorarin.

Pronto los suyos lo perdieron de vista, y, lentamente y con pesar, regresaron. Entretanto, los hijos de Osvifur empezaban a manifestar su impaciencia y miraban con algo de recelo a Boddli, el cual, con los ojos clavados en el valle, no dejaba de observar el camino por el que venía Kiartan. Y decían entre si: -Por qué se ha colocado de modo que pueda vigilar todos los alrededores? Pensará acaso en traicionarnos? Se acercaron a él, diciéndole chanzas y zarandeándolo para distraer su atención; pero, de repente, por un movimiento que él hizo, comprendieron que Kiartan no estaba lejos. Entonces, se apartaron de Boddli y se abalanzaron a sus armas. Kiartan y su compañero habían llegado, en efecto a Hafragil, pues iban a buen paso. Tan pronto como hubieron atravesado el desfiladero, descubrieron la emboscada y reconocieron a sus enemigos. Sin aflojar siquiera la marcha, Kiartan se dejó caer a tierra y se irguió delante de los cinco hermanos, que habían saltado al camino y permanecían agrupados, con las espaldas arrimadas a una gran roca. Dando un paso atrás, Kiartan hizo volar contra ellos su larga lanza. El alma golpeó el escudo de Thorolfur, lo rompió, atravesó el brazo por encima del codo y cortó limpiamente el tendón del músculo. Thorolfur soltó su escudo y, sosteniéndose el brazo destrozado, se quedo a un lado. Entonces, Kiartan sacó su espada, pues los cinco hermanos y Gudleugur avanzaban juntos hacia él y hacia Aun, el cual se había colocado a su lado. Entretanto, los hijos de Thorhalla se echaban sobre Thorarin, que echaba pie a tierra a su vez, y lo atacaban con ardor. El choque de las espadas contra las armaduras llenó el aire y resonó hasta el llano; la sangre corrió bajo los cascos y a través de las mallas de acero; el fuego del combate encendió las miradas; soplos raucos salieron de los pechos. Aun el valiente se batía por todos lados, esforzándose por cubrir a Kiartan. Este alzaba y dejaba caer con regularidad su espada y, cada vez, la pesada hoja se hundía en el hierro o la carne viva. Hacía tan tremendo trabajo, que la espada, en varias ocasiones, se torció y él tuvo que enderezarla con el talón. Pronto ninguno, salvo él, estuvo sin heridas; y más de uno, gravemente herido, ya no podía apenas luchar. La batalla era encarnizada. Poco a poco, ante el infatigable Kiartan, los hijos de Osvifur retrocedieron. Entonces trataron de lanzarse sobre Aun para deshacerse, por lo menos, de un adversario. Pero, en el mismo momento, Kiartan, con un revés, golpeó a Gudleugur en la pierna, a la altura de la rodilla; el golpe fue tan fuerte, que le arrancó la pierna. Gudleugur cayó, perdiendo toda su sangre. De nuevo, los hermanos hubieron de reagruparse para luchar contra Kiartan. Lo acometieron vigorosamente, pero no pudieron hacerle ceder un solo paso, tanto era el furor con el que se defendía. Entonces Kiartan, lleno de contento y orgulloso, agitando su arma como si se tratase de un ligero bastón, se dirigió a Boddli, que se mantenía a distancia, y le gritó: -Amigo Boddli, has venido sólo para contemplar el espectáculo? No llevas al costado una espada que es considerada célebre entre todas? Y no te da pena dejarla inactiva? Vamos, tienes que luchar contra tus cuñados o contra mí, si eres hombre digno de llevarla. Boddli hizo como si no oyera; volvió la cabeza y sus facciones reflejaban un intenso dolor. Pero Ospakur lo interpeló a su vez, porque veía claramente que sin la ayuda de Boddli no se podría vencer a Kiartan. -Qué te parecen, Boddli, las palabras burlonas de Kiartan? De ordinario, eres menos frío ante el insulto. Muy sorprendidos quedarán los que se enteren de esto; y se contará también que tú habías prometido ayuda y asistencia a tus parientes, y que te cuesta poco prometer. Por otra parte, no cuentes con el reconocimiento de Kiartan; si éste escapa, no es hombre que vaya a olvidar que eres culpable, si no de haberlo combatido, si por lo menos de no haber hecho nada para impedir este encuentro. Bajo el peso de las injurias, el rostro de Boddli se cubrió de confusión. Al fin, el esposo de Gudrum no se pudo contener más tiempo; desenvainó la espada y se abalanzó sobre Kiartan. Entonces, éste bajo su espada y dijo con una voz desprovista de cólera: -Amigo, realizas una acción abominable y que tú mismo no te perdonarás jamás. Por lo que a mí se refiere, apenas estoy herido y no siento la menor fatiga; pero no levantaré la mano contra mi hermano.Hiere! Prefiero recibir la muerte de tus manos que dártela con las mías. Luego, dejó caer sus armas a sus pies, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Boddli a los ojos. Boddli no respondió nada.

Con mirada extraviada y feroz, y vacilante como bajo los efectos de la embriaguez, se lanzó sobre Kiartan y le hundió la espada en el cuello. Pero cuando vio al guerrero tendido en el suelo, fue presa de una enorme desesperación. Llorando y maldiciendo su traición, se abalanzó sobre el cuerpo de su amigo, lo incorporó un poco y puso sobre sus rodillas la cabeza de éste, de la que salía a chorros la sangre. Kiartan entreabrió los párpados y, con este gesto, entregó el alma. En seguida, Boddli hizo volver a sus cuñados y se quedó solo con Thorarin y Aun el negro, medió muertos por sus heridas. Envolvió a Kiartan en su manto y, subiéndolo a su caballo, lo llevó el mismo Tunga.

Gudrun, al serle anunciado por sus hermanos el desenlace de la batalla, experimentó una profunda emoción, pues su corazón estaba dividido entre el amor y el odio. Pero manifestó abiertamente un júbilo salvaje. Salió al camino al encuentro de Boddli, y lo encontró cuando este volvía de Tunga, extremadamente pálido, con la frente baja y las mandíbulas apretadas, dejando caer las riendas sobre el pescuezo del caballo.
Ella lo saludó en tono afectuoso y humilde, y se puso a caminar a su lado, con la mano sobre la cruz del animal. Como él no hablaba, ella le preguntó en qué momento del día se encontraban; y cuando él que apenas habían rebasado el mediodía, ella dijo con orgullo: -Asómbrate, Boddli, de las cosas maravillosas que han sucedido en la mitad de un día: yo he hilado veinticuatro pies de cañamo y tú has matado a Kiartan. Boddli suspiró y replico tristemente: -De qué sirve recordar este infortunio? Pasarán muchos años antes de que sea olvidado. Gudrun exclamó:
-No puedo considerar infortunio una acción tan brillante; no puedo entristecerme sabiendo que ya no vivirás más oscurecido por Kiartan. Tú brillabas más en la época en que él, perdiendo el tiempo en Noruega, dejaba a los hombres de aquí el derecho a ser ilustres. Pero, después de que él volviera a Islandia, os tenía a todos bajo sus pies. Y, para acabar, no puedo afligirme con la idea, que me place más que ninguna, de que Refna, la mujer de Kiartan, no se meterá hoy en la cama riendo.

Al oír estas palabras, Boddli montó en cólera y dijo con voz violenta:
-Ella no reirá, no hay duda, pero ciertamente no estará más pálida de lo que estás tú en este momento! Y apuesto a que hubieses preferido oír, de los propios labios de Kiartan, que éramos tus hermanos y yo los que yacíamos muertos en el valle. Gudrun, espantada, enlazó sus dedos con los de Boddli y trató de tranquilizarlo. -No creas eso, Boddli, mi señor, mi dueño.
Mi corazón está lleno de gratitud y de orgullo. Y cómo podría ser de otro modo, cuando veo claramente que nunca harás nada contra la voluntad de Gudrun, tu esposa?

II. La muerte de Boddli

El cuarto invierno después del homicidio de Kiartan, su madre, Thorgerde, mandó por dos de los cuatro hijos que tenía, Stendor y Haldor, les rogó que la acompañaran en un viaje. Partieron y cabalgaron hasta Tunga, donde había residido Kiartan. Cuando estuvieron delante de la casa, Thogerde detuvo su caballo y preguntó cómo se llamaba aquella casa. Haldor, asombrado respondió: -Por qué haces esa pregunta, madre? Sabes bien que es Tunga. Ella preguntó de nuevo: -Quién vive en ella, hijo mío? El respondió, bajando la voz: -También lo sabes, madre.

Ella dijo entonces:
-Lo sé, en efecto. Sé que Boddli ocupa actualmente la vivienda en que vivió vuestro hermano Kiartan ; sé que el asesino se acuesta en la cama en que durmió la víctima, come a la mesa a la que él comió y ejerce su autoridad por doquiera que, poco ha, se elevaba la voz vibrante del más noble de los hombres y el mejor de los hijos. Por lo que respecta a vosotros, los hijos que me quedáis, no os parecéis a los de vuestra familia, pues no habéis pensado nunca en vengar a un pariente como Kiartan.

El proverbio está acertado al decir que "toda casa tiene su mancilla". Más os hubiera valido ser muchachas, pues os habríamos casado a edad temprana para daros así un protector. La mayor desgracia de Olof Paa, Vuestro padre, es la de haber tenido tan poca suerte con sus hijos: el primero está muerto y los otros han llevado una vida sin honor. Y cuando hablo de esta manera, Haldor, es a ti quien me dirijo sobre todo, pues tú reivindicas altivamente el titulo de hijo mayor. He terminado. Regresemos!, este viaje no tenía otro objeto que el de estimular vuestra memoria. Ojalá no haya sido en vano.! Haldor replicó: -Si nosotros olvidamos, oh madre mía, nadie podrá reprochártelo, pues no has tratado con consideración a los que llamas tus hijos. Pero ellos no olvidaron. Una reprobación así había reavivado su odio contra Boddli, y no pasaba un solo día sin que Thorgerde avivara en ellos la idea de venganza.

Por fin, Haldor consiguió decidir a sus tres hermanos, Stendor, Helgi y Heuskuldur, los que se asociaron algunos compañeros, entre ellos su cuñado Helgi, hijo de Hardben, Thorsten, Lambi y Aun el negro, aquel que había combatido al lado de Kiartan. Thorgerde quiso acompañarlos. Trataron de oponerse a ello, pero ella insistió y dijo:
-Conozco a mis hijos; han menester a su lado una piedra de amolar para aguzar constantemente su voluntad. Se sometieron a su deseo. El grupo se puso en camino, un día, poco después del mediodía. Primero, fueron siguiendo por la orilla del mar; luego, entraron en el vasto bosque de Liaur, del que no salieron hasta el anochecer. Pero continuaron todavía toda la noche, y el sol aparecía en el horizonte cuando penetraron en el valle de Seiling. En esa época, el valle enteramente cubierto por un espeso bosque; en las elevaciones se extendían los pastos a los que subían los rebaños durante el buen tiempo. Como era verano, Boddli había abandonado Tunga, la casa de invierno, residía en la planicie, en medio de los pastizales, vigilando el ganado y supervisando las tareas de los pastores. Su vivienda estaba construida cerca del río, en un lugar que se conoce todavía como "campo de Boddli". Muy cerca de allí se levanta una colina que desciende en suave pendiente hacia el llano pantanoso: éste era el lugar en el que trabajaban los hombres de Boddli. Y éste fue también el lugar que escogieron Haldor y su grupo para detenerse. Los árboles estaban allí muy espesos y ofrecían un refugio. Ocultaron sus caballos en la espesura y decidieron esperar, para actuar, el momento en que todo el mundo hubiese abandonado los pastizales. Pero sucedió que uno de los pastores de Boddli, que al amanecer había subido a la elevación con el ganado, observó movimientos en el bosque y pronto distinguió a los hombres y los caballos.

Pensando que gentes pacíficas no se ocultarían con tanto cuidado, descendió rápidamente por el sendero más corto y fue a avisar a su amo. Haldor, que vigilaba el territorio, divisó a ese pastor, que bajaba precipitadamente por la colina, y dijo a sus compañeros: -Ved, en la cuesta, a ese hombre que parece tan presuroso; seguro que es un servidor de Boddli que nos ha descubierto y va a avisarle. Hay que intentar cogerlo, si no queremos encontrarnos allá abajo con un duro recibimiento. Entonces, un guerrero, que pasaba por ser el más rápido en la carrera, se destacó del grupo y saltó en persecución del pastor. Lo alcanzó cuando éste huía, lo agarró por el cuerpo, lo levantó y lo arrojó contra el suelo con tanta fuerza, que le rompió los riñones. Hecho esto, fueron del parecer que no debían tardar más en actuar, y el grupo, atravesando lo más deprisa posible los espacios abiertos y deslizándose bajo la enramada, llegó hasta las casas sin haber provocado la alarma. Boddli, que se había levantado muy temprano, se había vuelto a la cama después de haber distribuido el trabajo entre sus esclavos y una vez que éstos se hubieron dispersado por los prados.

Junto a él estaba solo Gudrun, su esposa, y estaba medio dormido, cuando oyó cuchicheos en el exterior: eran los asaltantes, que deliberaban entre sí para saber cuál de ellos entraría primero en la casa. Boddli puso atención y reconoció las voces de Haldor y de algunos otros. Despertó a Gudrum y, en vos baja, le pidió que saliera, diciendo que iban a ocurrir cosas a las que valía más que ella no asistiera. -No puede ocurrir nada -dijo Gudrun- que una mujer como yo no tenga suficiente valor para ver.
-Yo lo quiero así -insistió Boddli-;
aquí ya solo hay sitio para los hombres. Gudrun obedeció por fin; se vistió lentamente y salió. Boddli buscó sus armas; se aseguró el casco en la cabeza y, como no tenía cota, se sujetó firmemente el escudo a la muñeca y se protegió con él tan bien como pudo. Entre los hijos de Thorgerde y sus amigos no terminaba nunca el conciliábulo, pues ninguno de ellos tenía muchas ganas de ser el primero en entrar. Entonces, Aun el negro se adelantó y dijo: -Ciertamente, hay personas más próximas de Kiartan que yo, pero no hay nadie más interesado en el desenlace de este asunto.

Me acuerdo como si fuera ayer el día en que Kiartan cayó ante mis ojos; y también me acuerdo de que, cuando me llevaban a Tunga, más muerto que vivo, la idea de la venganza ocupaba de modo exclusivo mi pensamiento. Reclamo el derecho de ir delante de todos. Apartó a sus compañeros y se deslizó al interior de la casa, resguardándose prudentemente bajo su escudo. Pero, apenas había atravesado el umbral, cuando la espada de Boddli cayó sobre él, le hozo pedazos el escudo, le hundió el cráneo y lo tendió muerto, atravesado en la puerta. Lambi, siguiendo a Aun, entró también;
llevaba igualmente ante si el escudo, del que sobresalía la punta de la espada. En ese momento, Boddli, que retiraba su arma de la herida de Aun, resbaló sobre la sangre y se descubrió un poco. Lambi, al instante, le asestó un golpe que le produjo un gran corte en el muslo; pero Boddli, devolviendo la agresión, golpeó a Lambi en el hombro, costándole la cota de acero y la carne del brazo.

Entró entonces, a su vez, Helgi, hijo de Hardben. Sostenía en la mano una lanza provista de un hierro muy largo. Boddli tuvo que retroceder hasta el fondo de la habitación y, desembarazándose de su espada cogió el escudo a dos manos para aguantar el golpe. Pero Helgi, arremetió contra él con la lanza, atravesó con ésta el escudo y al que lo llevaba. Boddli se tambaleó, pero no llegó a caer; extendiendo los brazos, permaneció de pie, pegado a la red. Entonces, entraron a la vez todos los demás, y con ellos la vieja Thorgerde, cuyos ojos centellaron de gozo. Y Boddli, viéndolos, gritó con voz desfalleciente: -Acercaos ahora, hermanos de KIartan; no tenéis nada que temer, vuestro enemigo ya no puede defenderse. E, inmediatamente después, se oyó a Thorgerde que ordenaba a sus hijos:
-No perdonéis a ese perro! Separadle la cabeza del tronco!
A Boddli le abandonaban las fuerzas; no obstante, mantenía firme para no caer.

Se llevo las manos al vientre a fin de aguantarse las entrañas las entrañas que se le salían por la herida. Stendor, el segundo de los hermanos, se acercó a él blandiendo un hacha y, de un solo tajo, le cercenó la cabeza. Thorgerde se inclinó sobre los dedos ensangrentados de su hijo, los besó y dijo: -He aquí una cosa bien hecha, hijo mío! Bendito sea el que nos ha vengado! Ahora, dejad sitio a Gudrun; que tenga todo el tiempo para peinar los rizos rojos de Boddli! Abandonaron la casa. Gudrun se había mantenido a cierta distancia; cuando los vio, fue a su encuentro y preguntó a Haldor: -Qué ha sido de Boddli, mi esposo? -Está muerto -respondió él-; la habitación está llena de su sangre, y su cabeza cortada yace en el suelo. -Te doy las gracias por esta noticia, Haldor -dijo Gudrun dulcemente.

Luego, fue de uno a otro, contemplándolos atentamente. Un vestido ligero y de tela clara ceñía su bello cuerpo; llevaba ajustado al talle un corpiño de seda abrochado con cintas, pero holgado en la cintura a causa del hijo que llevaba en su seno. Sobre la frente llevaba una franja de metal que ceñía su largo velo blanco con rayas azules y adornado con franjas de seda. Y todos los hombres la contemplaban con estupor, pues ella mostraba un semblante tranquilo y unos ojos sin lágrimas. Cuando estuvo cerca de Helgi, el que había atravesado a Boddli con su lanza, el guerrero la detuvo por el brazo, tiró hacia si el largo velo inmaculado y lo usó para limpiar su arma ensangrentada.

Gudrun lo dejó hacer con una sonrisa, y cuando hubo terminado, le preguntó: -Cómo te llamas? El respondió orgullosamente: -Soy Helgi, hijo de Hardben. Pero el gesto de Helgi había indispuesto a los demás, y Haldor exclamó: -Has obrado de forma brutal y cruel. -Cállate! -replicó Helgi duramente-, y no te conmuevas tan pronto. He frotado mi lanza con el velo de una furia, o mucho me equivoco. Os acordaréis de esto más tarde. Seguidamente, volvieron a donde tenían sus caballos y se alejaron.

Gudrun los acompaño nuevamente por el camino, hablando humildemente con ellos y por su país y su familia a todos aquellos a quienes no conocía. Y cuando ellos hubieron espoleado sus monturas, permaneció largo rato en medio del camino, siguiéndolos con la mirada. Los hombres reían entre ellos y decían: -Hay mujeres a las que la pérdida de su marido no aflige en absoluto. Pero Haldor atemperó su alegría y les dijo: -
Estoy seguro de que Gudrun no juzga a la ligera la muerte de Boddli. Sabed que todos nuestros nombres han quedado grabados hoy en su memoria y nunca más se borrarán de ella.
Y Helgi tiene razón al afirmar que habremos de acordarnos de esto más tarde:
Gudrun, creedme, es una mujer superior por su energía, su inteligencia y su audacia, y ya habéis visto hasta dónde puede llegar la fuerza de su voluntad, cuando ofrecía a nuestras miradas unas facciones impasibles y unos labios sonrientes. No será ella la que vaya a olvidar una muerte como ésta y un esposo como éste. Pero quién podría, por otro lado, ser insensible a ello? Desde luego, yo no he tenido la fortuna de contarme entre los amigos de Boddli, pero sostengo -y nadie me dirá lo contrario- que el duelo es inmenso cuando desaparecen hombres de su valía. Dicho esto, espoleó su caballo. Y el grupo siguió su camino en silencio.

III. El vengador

Numerosos años habían transcurrido desde la muerte de Boddli. Una mañana, Helgi, hijo de Ardben, salió de su casa de verano, construida en la planicie, en el centro de los pastizales. Su pastor se acercó a él y le saludó, preguntándole si había pasado bien la noche. El respondió:
-He tenido extraños sueños que me llenan de inquietud. Por eso, te ruego que vayas por toda la hacienda para ver si hay algo anormal. Recorre el bosque, visita las viviendas y los establos, hunde la mirada en las espesuras y bajo las peñas de la montaña; no dejes ningún rincón sin explorar, y ven a enseguida a darme cuenta de tu misión. El pastor se fue. No volvió hasta el mediodía, y dijo a Helgi:
-Tus sueños no carecían de causa. Tal como me has mandado, he recorrido el bosque, visitando las viviendas y los establos, hundido la mirada en las espesuras y bajo las peñas de la montaña; ningún rincón ha quedado sin explorar. Y he observado, en efecto, una cosa extraordinaria: he visto una reunión de hombres que no conozco y que proceden ciertamente de otra región, sin duda de la ribera opuesta del fiordo.

Helgi preguntó:
-Dónde estaban cuando los has descubierto? Qué hacían? Has podido distinguir sus ropas y observar su actitud?
-Oh, sin duda -dijo el pastor-; no soy miedoso hasta el punto de olvidarme de tus órdenes, y sabía que esos extranjeros te interesaban.
Estaban agrupados no lejos de aquí, en un bosquecillo, y comían con mucho apetito. -Estaban sentados en circulo o en linea recta? -preguntó Helgi.
-Estaban sentados formando un circulo, sobre sus sillas de montar, tenían los caballos sujetos muy cerca. -Qué aspecto tenían? Cómo eran sus vestidos y qué armas llevaban? El pastor se concentró y luego dijo: -He visto primero a un hombre sentado sobre sus silla que brillaba con pedrería y metal; iba envuelto en un manto azul, era de gran estatura y tenía un rostro muy varonil. Tenía los pómulos salientes y los dientes saltones. Helgi le interrumpió:
-Creo que conozco a ese hombre. Es Thorgils, hijo de halla
. Qué puede querer de mí? -Junto a él -continuó el pastor-, había un guerrero sentado sobre una silla dorada; llevaba un manto de escarlata, un anillo de oro le ceñía el brazo y un aro de oro le rodeaba le frente. Los cabellos, de un rubio claro, le caían sobre los hombros en espesos rizos.
Tenía la tez blanca como una mujer, la nariz aguileña y algo respingona, bellos ojos azules, francos y vivos, la frente ancha y las mejillas carnosas. Mostraba también unos hombros, un pecho ancho, brazos musculosos y, junto a esto, manos bonitas con dedos finos. Todas sus maneras eran nobles y revelaban una alta cuna. En pocas palabras, es realmente el hombre más bello que haya visto nunca. Qué más podría decirte? Daba la impresión de ser muy joven, pues no mostraba señales de barba, y me ha parecido distinguir en su rostro una expresión grave y dolorida. Helgi dijo: -Has observado perfectamente a este hombre y no te has engañado, pues él debe de estar penetrado, en este momento, por una profunda emoción, si es realmente quien yo creo.

Aún no me he encontrado nunca con Boddli, el hijo menor de Boddli, que lleva el nombre glorioso de su padre; pero no me queda ninguna duda de que se trata de él, si es cierto, como se afirma, que es un adolescente de la mayor belleza. El pastor continuó: -A su lado, estaba sentado un hombre sobre una silla adornada con esmaltes; iba envuelto en un verde delicado y llevaba anillos de oro en los brazos. Este hombre era también de una magnífica belleza, y me ha parecido joven; tenía cabellos castaños muy finos, elegantemente peinados, y toda la apariencia de un guerrero de lustre.
-Este -dijo Heldi- no me es desconocido; se trata evidentemente de Thorlekur, el hijo mayor de Boddli. Te felicito por tu golpe de vista y tu sagacidad. Y quienes eran sus compañeros? -He visto a continuación -dijo el pastor- a un hombre con un manto azul y calzón negro con un cinturón reluciente.
Tenía un rostro correcto y sereno enmarcado por blancos cabellos. A pesar de su edad, parecía esbelto, y sus manos eran airosas y elegantes. -Creo haber visto a este hombre cuando él era joven -dijo Helgi-. Debe de ser Thordur, uno de los más valientes entre los que viven al otro lado de los fiordos. Es eso todo? -De ningún modo. Había otro hombre sentado sobre una silla escocesa. Parecía largo de cuerpo y corto de piernas. Sus facciones eran oscuras, y sus cabellos, crespos; era más bien feo y tenía todo el aspecto de un hombre de guerra. Un manto gris colgaba sobre su espalda. -Este -dijo Heldi- es un viejo conocido. Se trata de Lambi, hijo de Thorbieurn. No somos enemigos y no comprendo qué hace con los hijos de Boddli. -Había otro -dijo el pastor- que estaba sentado sobre una silla de cuero y llevaba una simple blusa azul. En el dedo llevaba un anillo de plata y no era más que un campesino de edad ya madura. Sus cabellos eran crespos y de un moreno oscuro, y se veía una larga cicatriz que le atravesaba la cara. Helgi sonrió y dijo:
-En verdad, la situación se agrava, pues ése que describes es mi cuñado, Thorsten el negro.

Me sorprende que vaya con ellos, aun cuando él y yo no seamos precisamente amigos; y, por mi parte , nunca habría pensado en hacerle una visita con semejante compañía. -Había también -continuó el pastor- dos hombres que se asemejaban muchísimo. Ya no eran jóvenes pero conservaban un aspecto vigoroso. Ambos tenían los cabellos rojos y la piel pecosa.
-Estos son mis hermanos, Haldor y Eurnolfur -dijo Helgi-.
Eres un mozo sin precio, con una vista singularmente aguda. Has terminado? -Casi -contestó el pastor-. Vi también a un hombre sentado que no comía y miraba con atención a lo lejos. Llevaba una coraza de concha muy ceñida y un casco de acero con bordes anchos como una mano. Al hombro llevaba un hacha enorme y reluciente, cuyo hierro tenía sus buenos dos pies de ancho. Sus ojos negros eran penetrantes como los de los hombres que viven habitualmente en el mar, y creo que es un vikingo.
-Ese es fácil de reconocer -dijo Helgi-: es Hunbogi el fuerte. Y añadió amargamente: -Qué quieren de mí los hijos de Boddli para haber escogido tales guerreros? -Por último -prosiguió el pastor-, había un hombre de estatura mediana, con los cabellos de un moreno oscuro. Tenía un rostro chato y rojizo, con unas cejas espesas que casi le tapaban los ojos. -No tienes necesidad -interrumpió Helgi- de describirlo más; éste es Svend, el hermano de Hunbogi. He aquí unos hombres el de menor valía de los cuales es un peligroso adversario. Debemos prepararnos a recibirles como conviene, pues presumo que no abandonarán estos lugares sin haber tratado de hallarme; y entre ellos hay algunos que no habrían encostrado prematuro este encuentro si se hubiese producido hace mucho tiempo. Y añadió para sí:
-Boddli reclama su venganza; sus hijos han alcanzado la edad viril y oyen su voz, y se han armado contra mí porque antaño mi lanza fue mojada en la sangre paterna. La hora fatal puede ser retardada pero siempre llaga, aunque ella no sorprende al valiente: mi corazón no late más deprisa, ni tiembla mi párpado.

Entró en la casa y dio la orden a las mujeres que se encontraban en ella de que se vistieran como hombres, saltaran sobre los caballos y partieran al galope hacia el llano. -Nuestros enemigos se fijarían en estos fugitivos -dijo él-, y es posible que sean víctimas de esta estratagema y se lancen en persecución de las mujeres en vez de atacarnos aquí. Si nos dejan así un pequeño respiro, tendremos tiempo de reunir algunos combatientes y todo se puede todavía salvar. Había cuatro mujeres en la casa.
Cogieron ropas de hombres, montaron a caballos y corrieron en dirección al llano. Entretanto, Thorgils, que dirigía a los asaltantes, temiendo que un alto demasiado prolongado permitiera que se barruntase su presencia, les aconsejó adelantar la hora de acción.

Se preparaban, pues, para volver a ponerse en camino, cuando vieron acercarse a un jinete de baja estatura, vivaracho y repulido, que les saludó cortésmente al pasar. Pero Thorgils, deteniéndolo por la brida, le preguntó su nombre, el de su familia y el objeto de su viaje.
El otro montó en cólera y respondió: -Me llaman Rappur el matador, y como mi apodo indica no soy de aquellos con los que se gastan bromas, aun cuando no tenga el porte de un gigante. Thorgils soltó la brida del caballo y dijo: -Te conozco de oídas, Rappur, me agrada encontrarte.
Eres un hombre útil, y habría aprobado el ir a buscarte lejos para obtener tu cooperación. Rappur le interrogó, y cuando supo que la expedición se hacía contra Helgi, hijo de Hardben, exclamó: -Helgi u otro, qué más da, si se trata de dar y de recibir golpes! Soy de los vuestros y no cabalgaré, creedme, a la grupa de vuestros caballos. Entonces, todos montaron a horcajadas sobre sus caballos y se fueron a buen paso. Cuando salían del bosque, divisaron a cuatro jinetes que huían. Algunos creyeron que debía perseguírseles, pero aquel al que llamaban Thorlekur los calmo con un gesto y dijo: -Vayamos primero a las casas y comprobemos que no queda nada en ellas. A mi parecer, esos que galopan por allá abajo no son Helgi y sus hombres, sino criaturas de larga cabellera y que nunca tendrán barba. Aseguraron que se equivocaba, pero Thorgils dijo:
-Ninguno de vosotros tiene ojos de Thorlekur; dejemos correr a esas mujeres, no caigamos en la trampa. Prosiguieron su camino hacia los pastizales en que se levanta la casa de Helgi. Rappur iba delante haciendo caracolear a su caballo; agitaba su lanza, haciéndola dar vueltas sobre su cabeza, y decía que había llegado ya el momento de salir a descubierto y forzar la plaza.

Thorgils, por el contrario, llamaba a la prudencia, y, gracias a él, el grupo consiguió cercar la casa antes de que Helgi y los suyos pudiesen adivinar nada. Inmediatamente, Rappur saltó al techo y se encaramó a lo alto. Una vez allí, se inclinó sobre el tragaluz y gritó:
-Está el zorro en su madriguera? -El zorro está en su madriguera y muerde al que se le acerca. Al mismo tiempo, del tragaluz salió una lanza hábilmente apuntada. Rappur, traspasado en pleno cuerpo, cayó del techo y se estrelló contra el suelo, donde quedó tendido, bañado en su propia sangre. -No os expongáis -dijo Thorgils a sus compañeros-; somos lo bastante numerosos para acabar con Helgi sin bajas inútiles, pues debe de haber muy poca gente con él. Dio la vuelta a la casa, que estaba hecha de barro seco; el techo era de musgo aún fresco, y la larga viga que lo sostenía descansaba en los muros y formaba saladizos en sus extremos. Thorgils ordenó a varios de los hombres que cogieran los extremos de esa viga y la sacudieran con todas sus fuerzas, a fin de desempotrarla o de arrancar los lienzos de pared que la sostenían; otros debían vigilar a la puerta para impedir toda salida. Helgi oía estas órdenes y razonaba para sí que la casa no resistiría a tantos esfuerzos. Con él sólo había dos servidores y su hijo, Hardben, de doce años de edad; y, si bien Helgi no sentía miedo por sí mismo, pensaba con tristeza en la suerte del muchacho.

Pronto, la viga, bamboleando fuertemente entre las manos vigorosas de los asaltantes, crujió y se partió; se abrió el techo, se derrumbaron las paredes y se desvencijó la puerta. Entonces, Helgi comprendió que tenían que salir, so pena de quedar enterrados en los escombros, y se precipitó a la salida, con la lanza por delante. El arma dio contra el casco de Thorsten el negro, lo abrió y penetró en el cráneo, en el que produjo una horrible herida. Thorsten cayó de espaldas y dijo, muriendo: -Es bien cierto, a fe mía, que había alguien ahí dentro! Habiendo abatido a Torten, Helgi se precipitó afuera de la casa con una violencia tal, que los que estaban más cerca hubieron de dar un salto hacia atrás. Pero Thorgils, corriendo hacia él, levantó su espada; el golpe alcanzó a Helgi en el hombro y se lo destrozó. Helgi hizo frente a Thorgils y dijo: -Por muy viejo que sea, no bajaré la vista ante el hierro. Y arrojó su pesada lanza. Thorgils, alcanzado en la pierna, resbaló y se desplomo sobre el prado.

Entonces, Boddli, hijo de Boddli, el bello adolecente, dio dos pasos adelante. Sostenía con ambas manos la temible espada que le legara su padre, y, golpeando a Helgi en la sien, lo mató. Degollaron a dos servidores, que trataban de escaparse, y algunos querían matar también al joven Hardben, el hijo de Helgi. Pero Boddli se puso delante del muchacho y dijo a los que lo amenazaban:

-El trabajo de los valientes ya está hecho; ahora sólo queda el trabajo para los cobardes. Nadie cortará ni un solo cabello de este muchacho. Vivirá en paz y, más adelante, si se acuerda, cumplirá con su deber. Puso su mano sobre la frente del muchacho, se quedó mirándolo largo tiempo y le dijo: -Mírame, y que las facciones de Boddli, hijo de Boddli, se claven en tu memoria, a fin de que puedas reconocerle el día que, a tu vez, habrás de apaciguar a tus muertos.

 

 

 
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